
Este artículo pone en relieve algunos vínculos fidedignos concebibles entre tres fenómenos históricos. Primero, la notable influencia alemana en las instituciones y vida pública de Chile desde el siglo XIX.
El padre de un candidato presidencial, deja en manifiesto que el nacionalsocialismo aun influye en la politica chilena.-
El padre, nacido en Alemania, del candidato presidencial chileno José Antonio Kast era miembro del partido nazi, según un documento descubierto recientemente, revelaciones que parecen contradecir las propias declaraciones del candidato de extrema derecha sobre el servicio militar de su padre durante la Segunda Guerra Mundial.
Funcionarios alemanes han confirmado que un documento de identidad en el archivo federal del país muestra que un joven de 18 años llamado Michael Kast se unió al Partido Nacional Socialista Obrero Alemán, o NSDAP, en septiembre de 1942, en el apogeo de la guerra de Hitler contra la Unión Soviética.
Pero veamos como llego este fenómeno a nuestro pais. Segundo, el fenómeno concreto del nazismo criollo en las décadas los treinta y los cuarenta del siglo XX. Tercero, las prácticas de exterminio cometidas por los aparatos de la dictadura, entre 1973 y 1988. Particularmente, el artículo se pregunta acerca de las bases sobre las cuales estos tres acontecimientos se entrelazan, teniendo como culminación trágica los crímenes de Colonia Dignidad durante la dictadura. En este enclave alemán del sur de Chile se habían desarrollado prácticas aberrantes en periodos previos. En las décadas de los 70’ y 80’, el lugar funcionó abiertamente como centro de eliminación de opositores al régimen militar.
Entre los años 1973 y 1988, los aparatos de inteligencia de la dictadura chilena incurrieron en prácticas de exterminio que evocan, en ciertos rasgos ideológicos y operativos, a aquellas consumadas en las décadas de los treintas y cuarentas del siglo xx por el nazismo en Europa. Ciertamente, se requiere una amplia sustentación documental para afirmar tal paralelismo histórico, realizada con una metodología precisa y meticulosa. El presente artículo no se encuentra emplazado en la rigurosa disciplina historiográfica y tampoco persigue ostentar un aparato metodológico completo y robusto. Sin menoscabar, en modo alguno, la importancia investigativa de tales insumos. No obstante, existe en la sociedad chilena una multiplicidad de manifestaciones (racismo, clasismo, antisemitismo, tendencia a la exclusión de expresiones y grupos heterogéneos, discriminación que alcanza niveles biliosos en extremo violentos, soberbia geopolítica, tendencia a la amnesia deliberada y negación de los males y desgarramientos comunitarios) cuyo origen pudo muy haber sido alimentado por la presencia de la ideología nazista.
El padre de un candidato presidencial, deja en manifiesto que el nacionalsocialismo aun influye en la politica chilena.-
Tales manifestaciones solo pudieron haber sido recogidas por la crónica, quizá a veces no muy dotada de rigor historiográfico, pero no por ello menos veraz en su relato. Los epistolarios y recados de Gabriela Mistral son un inmediato ejemplo de ello. En razón de lo anterior, el objeto de este artículo se adscribe al ámbito de la narración cronística, que intuye algunos vínculos históricos y experienciales existentes entre los fenómenos del nazismo y el autoritarismo chileno, de carácter excluyente y discriminatorio, cuya expresión más alta se alcanzó en las décadas dictatoriales de los setenta y ochenta del siglo xx. La prevalencia de la crónica, como prueba sustentadora más palpable en este tema particular, pone en evidencia la escasa atención historiográfica que se ha prestado a las secuelas e impronta del ideario nazista en algunos países de América Latina, particularmente en Chile.
Pese a todas las críticas de las que ha sido objeto, el libro de Víctor Farías Los nazis en Chile,1 junto al de María Soledad de la Cerda, Chile y los hombres del Tercer Reich, tiene la virtud de haber reanimado el debate sobre una “página poco clara” de la historia chilena. Representa un notable intento por contrarrestar la tendencia de la historiografía a minimizar el “factor nazista” en Chile.2 El presente escrito aspira a contribuir en la misma dirección, esbozando algunas líneas de exploración cuya vía de mayor interés es la investigación en una multiplicidad de fuentes hemerográficas y de archivo.
La formación de la nación chilena del siglo xx revela una innegable particularidad: la visible presencia del ideario nazista3 en la sociedad y en las instituciones.4 Hemos de ubicar los orígenes de tal formación, de la influencia nazi en la sociedad criolla local, rastreando la historia de la presencia alemana en la vida de la nación y la comunidad. Particularmente, la “interpretación” criolla del fenómeno alemán en la vida de los chilenos. No es solo la presencia de corporaciones y colonias alemanas la que explica el surgimiento de la ideología nazista en Chile, pero si representa un factor fundacional innegable.5
Antecedentes
José Manuel Balmaceda – que gobernó Chile desde 1886 hasta 1891- favoreció notoriamente la colonización del sur del país por familias provenientes de Alemania y el Imperio Austrohúngaro. Siguió la línea de sus antecesores, que ya habían iniciado este proceso de colonización de la región austral. Valdivia y Osorno fueron las ciudades primordiales de asentamiento de las colonias alemanas, mientras Llanquihue lo fue para las austrohúngaras 6
El triunfo de Alemania sobre Francia, en la guerra de 1870, provocó un hondo impacto en la ideología gobernante y suscitó gran admiración por Alemania y por todo lo alemán. La previa influencia francesa en el sistema educacional chileno dio paso al establecimiento de un modelo educacional basado en la pedagogía alemana.7 El Presidente Balmaceda rectificó por completo el rumbo de la enseñanza pública. Juzgando que los profesores debían no solo conocer su materia, sino saber enseñarla con bases didácticas, en 1889 fundó -con ingente presencia alemana- un Instituto Pedagógico8 destinado a la formación de personal para la educación secundaria.9 Tal “discurso pedagógico fundacional”, alimentado por el “embrujo alemán”,10 “puede aún reconocerse en el currículum, culturas didácticas e instrucción de los sujetos de las instituciones docentes actuales”.11 La profusa presencia de profesores alemanes en Chile y su correspondiente influjo en la formación educativa de ese país – especialmente de las ciudades australes y en lo que atañe a la instrucción primaria–, ha sido considerablemente mencionada pero menos documentada.12El sistema de educación pública creado por Prusia, a partir del siglo xviii, introdujo considerables cambios en una teoría pedagógica puesta ahora, exitosamente, al servicio de los propósitos políticos de unificación (después de la anexión de Alsacia y Lorena). Estos servirían de modelo eficaz para las demandas de un Chile triunfante, próspero y expandido territorialmente. Hacia fines del siglo xix se mostró entusiasmo por las ideas pedagógicas alemanas. Con el fin de conocer mejor estas ideas el gobierno chileno envió al educador José Abelardo Núñez a Alemania, quien se interesó especialmente por el sistema disciplinado de formación educativa allí prevaleciente. Al alero del carácter normativo de la pedagogía Herbartiana, tributaria de Johann Friedrich Herbart (1776-1841) y el modelo de Universidad de Humboldt, se apelaría a una formación de tipo disciplinaria que adhiere el principio humboldtiano “Bildung durch Wissenschaft” (formación a través de la ciencia). También se implementarían prácticas experimentales de la psicología y de la pedagogía dentro de la formación, como nuevas formas de “gobierno” y de “disciplina” en el aula.13 El énfasis alemán en el aspecto disciplinario de la educación bien pudo moldear actitudes mentales e idiosincráticas de los chilenos: autoritarismo, verticalidad, excesiva normatividad y severidad en los juicios. Hay todavía mucho por investigar y documentar en relación a la existencia de una educación con rasgos pangermánicos en Chile.14
De modo similar al caso educativo, el ejército chileno adoptó la formación y usanza militar alemana. Como la mayoría de los ejércitos del mundo occidental decimonónico, éste siguió la tradición, organización y vestimentas francesas del período de Napoleón III.15 Las imágenes de la Guerra del Pacífico16 –desatada en 1879 entre Chile, Perú y Bolivia– muestran la similitud de uniformes entre los ejércitos chileno, peruano y boliviano. Aquella guerra fue librada por una hueste chilena que prontamente transitaría hacia la formación germánica. Una vez cesada la guerra del Pacífico, el gobierno de Domingo Santa María estimó que, a raíz de las recientes experiencias de la guerra, el Ejército necesitaba modernizarse.17 Fue menester buscar un modelo en la milicia europea.
Las instituciones militares germanas –que descollaban en Europa después de las campañas contra Austria y Francia– parecieron ofrecer el modelo apropiado en un país que había probado, en el “progreso nacional general”, los efectos propulsores de la colonización alemana. El prusianismo ayudó a configurar la “mitología del vencedor”.18 A partir de la derrota francesa en la guerra franco-prusiana de 1870 cambió el paradigma del Ejército de Chile. La adopción de un modelo severo, rígido e impositivo (el prusiano) corría el riesgo de degenerar, a la zaga, en una concepción autoritaria de las Fuerzas Armadas, y en una práctica arbitraria, profundamente lesiva no solo de los derechos de las poblaciones interiores y ajenas, sino de las más profundas estructuras de la vida social y comunitaria en Chile. Tal riesgo habría de materializarse y alcanzar su más trágica y elocuente expresión en la actuación de las Fuerzas Armadas durante las décadas de los setenta y ochenta del siglo xx.
Las transformaciones introducidas resultaron ser cualitativamente relevantes: profesionalización, verticalidad del mando, obligatoriedad del servicio militar, disciplina, uniformes, escaramuzas y otros rasgos de enseñanza provenientes de la cultura militar germana.19 El servicio militar obligatorio terminaría con los procedimientos tradicionales de reclutamiento. En lo sucesivo se establecería una fórmula de alistamiento que había sido introducida por el ejército alemán en la década de 1870, con el fin de asegurar la existencia de un ejército permanente, nutrido por “contingentes sacados de todos los estados que formaban el imperio, tanto en los períodos de paz, como en los de guerra”.20 El tema reclama un tratamiento trascendente, toda vez que la influencia alemana permea la historia de la formación del pensamiento militar del Ejército de Chile. Así mismo, alimenta una concepción del poder soberano y de una razón de Estado basados en el autoritarismo omiso de la pluralidad comunitaria. En el territorio de Chile, ésta concepción se vuelca, verbigracia, hacia el exterior e interior de sus fornteras.21
Nazismo criollo
En el marco descrito de influencia germánica se produjo el arribo de la ideología específicamente nazi a Chile que, según la crónica citadina- era ya visible en 1930. La historia del Movimiento Nacional Socialista de Chile, fundado el 5 de abril de 1932 y disuelto en 1983, ha provocado un fuerte interés historiográfico, pese a que lo escrito y divulgado es asombrosamente escueto.22
Señalado como crónica imprescindible, el libro Imlangen Schatten des Nationalsozialismus FaschichistischeBewegungen in Chile zwischen der Weltwirtschaftskrise und demEnde des ZweitenWeltkrieges, de Marcus Klein, coloca al desarrollo chileno –en la perspectiva general del proceso ideológico del siglo veinte– como proyección del nazismo alemán.23 El nazismo, según Klein, asumió una representación triple: forma de milicia republicana y anticomunista y más exactamente anti-marxista. La prensa chilena de los años cuarenta a cuarenta y cinco, en particular el diario El Trabajo, informaba de las actividades del nazismo o “fascismo criollo” –apelación que aún persiste.24 Un trabajo de interés hemerográfico es el de Mario Sznajder, “El Movimiento Nacional Socialista: Nacismo a la chilena”. El artículo aporta información valiosa para reconstruir las raíces intelectuales e ideológicas del Movimiento Nacionalsocialista de Chile, con el fin de ponderar y representar su impacto en la vida política local desde los años treinta. En un sentido análogo, el presente escrito espera contribuir, modestamente, a una reflexión sobre las profundas marcas que esta ideología dejó en la percepción, imaginario y proyecto de nación. Tales marcas, sustenta este artículo, afloraron de manera encubierta, sibilina o francamente abierta, en las consignas y ánimo atrabiliario de las derechas golpistas de los setentas. Sin pasar por alto su lealtad coludida con crímenes de lesa humanidad.
Jorge González Von Marées f undó el Movimiento Nacionalsocialista de Chile el 5 de abril de 1932, junto al sociólogo y economista Carlos Keller.25 El Movimiento comenzó a desarrollar una actividad paramilitar que se tradujo en el intento de golpe armado nacista del 5 de septiembre de 1938 y que tuvo como corolario la llamada “Matanza del Seguro Obrero”.26 Tal actividad paramilitar fue apuntalada desde su fundación por su milicia uniformada, las Tropas Nacistas de Asalto. En 1938 fue elegido presidente Pedro Aguirre Cerda, candidato del Frente Popular. La diferencia de votos para el logro de la victoria electoral era exigua. El Movimiento Nacionalsocialista de Chile, procura demostrar Sznajder, al igual que otros estudiosos del tema, aportó la diferencia.
Hasta la víspera del golpe armado, el nacismo chileno apoyaba a Carlos Ibáñez del Campo,27 presidente, por vez primera, entre 1927 y 1931.28 Algunas fuentes señalan que a raíz de la vía violenta adoptada por sus partidarios nacistas, el candidato Ibañez optó por retirarse de la contienda política. Otras fuentes sostienen que el levantamiento nacista contó con el apoyo de algunos regimientos del Ejército, ibañistas, por lo cual la posibilidad de que Ibáñez no estuviera involucrado es muy pequeña. Paradójicamente, de acuerdo con Sznajder, el golpe nacista favoreció el afianzamiento de la “democracia liberal chilena” encarnada en las figuras de Arturo Alessandri y su candidato presidencial, Gustavo Ross Santa María.29
El 4 de septiembre de 1938 las fuerzas del ibañismo efectuaron la multitudinaria “Marcha de la Victoria”, desde el Parque Cousiño hasta el centro de Santiago, conmemorando el aniversario del movimiento militar del 4 de septiembre de 1924.30 La crónica señala que más de diez mil nacionalsocialistas de todo Chile desfilaron por las calles luciendo uniformes grises, bajo cientos de banderas modernas de Chile y las de la Patria Vieja, cruzadas por un doble rayo rojo ascendente (símbolo del movimiento nacista criollo). El ambiente denotaba ya el ánimo golpista inspirado en mensajes tales como “Mi general, estamos listos”. La toma armada del edifico del Seguro Obrero y de la sede central de la Universidad de Chile provocó la matanza, por parte de Carabineros alentados por el propio Alessandri, de 51 jóvenes nacistas.
La naturaleza de la revolución que pretende llevar a cabo el nacismo chileno de los años treinta, al igual que su contraparte alemana en Europa, desea negar los principios políticos de la revolución francesa. Se enfrenta al liberalismo y al marxismo y propone un nuevo tipo de socialismo “nacional”. Se trata de mejorar la sociedad encarnada en la nación y no en el individuo o la clase social y de lograr la “colaboración de los grupos sociales en oposición absoluta a la teórica, odiosa y nefasta ‘lucha de clases’ propagada por el marxismo internacional”.31 El nacismo exalta los valores heroicos, deviniendo “una doctrina para los fuertes, los sanos, los viriles y que repudia toda debilidad y feminismo.”32
El nacismo, según la síntesis que Sznajder elabora del libro de Keller –ideólogo del nacismo chileno–, vislumbra en la Iglesia Católica un elemento unificador fundamental del pueblo chileno. Nacismo y catolicismo comparten un mismo principio moralizador y defienden igualmente a la familia y a la propiedad privada: la ruina de la civilización occidental radica en “basar la política y la vida en el materialismo histórico judaico”.33 El presupuesto del nacismo chileno es la inminencia de una conspiración judía mundial; la nación chilena se ve amenazada por los judíos comunistas en la izquierda y los judíos capitalistas por la derecha. Para el nacismo chileno, el comunismo soviético está completamente controlado por judíos: “Claramente se observa que el Comunismo es lisa y llanamente obra del malévolo y corruptor judaísmo internacional”.34
Carlos Keller advierte, en el resurgimiento fascista nacionalista, una expresión del “alma de la raza”.35 Es preciso despertar el alma de su raza de un prolongado letargo. La Patria, la Religión y la Familia constituyen los cimientos y “virtudes heroicas” de la cultura occidental.36 Chile, en el “imaginario” del nacismo criollo, es una nación de Occidente, pues “no posee una tradición cultural indígena”. El “roto” chileno no es considerado como indio: “Podremos conservar un recuerdo respetuoso y romántico de nuestros antepasados araucanos, pero, desde el punto de vista de nuestras instituciones sociales y de los hábitos de vida, no nos liga con ellos ningún lazo”.37
Los afligidos párrafos que, en 1940, Gabriela Mistral38 dirige al entonces presidente de Chile Pedro Aguirre Cerda, reflejan la época y los antecedentes nacistas del proyecto político republicano:
Chile no se ve neutral como quisiéramos presentarlo. Las corrientes nazis que existen allí en todos los partidos, aquí gruesas, allá sutiles, más las corrientes soviéticas que gobiernan a dos de ellos, no pueden crear a nuestro país una real fisonomía de país neutro. Lejos de eso, gente yanqui, argentina, uruguaya y mexicana, me habla en sus cartas de nuestro país como uno de los tres que se encuentran maduros para una acción nazi en la América. Les contesto negándoles el hecho, aunque estoy de él redondamente convencida.39
Más adelante refrenda: “Son la cosa más barroca del mundo las fuerzas nazistoides de Chile; ahí están desde el latifundista que espera salvar sus salarios medievales, hasta el matón que se siente jefe de escuadrón y saborea sus venganzas criollas…”.40
La historiografía detalla la evolución orgánica del nazismo en Chile; sus facciones, rupturas, izquerdizaciones, derechizaciones y anecdotario desde la posguerra: “Gran parte de la intelligentsia chilena del siglo xx transitó por el oscuro paso de la tentación totalitaria”, escribe Marcus Klein.41 Es preciso, desde luego, revisar la abundante trayectoria de una “teoría acerca del fascismo” para destacar mejor la individualidad del caso chileno. La literatura documental percibe como incomprensible y contradictorio el relato que se hace de esta adopción idealista, que se impregna de raíces tan ajenas como lejanas. El tema conduce a investigar, también, la cuestión de la mimesis en la existencia histórica.
Nazismo y dictadura
Los alemanes que llegaron a Chile en un avión de Aerolíneas Argentinas en julio de 1961 “eran en su mayoría ex combatientes de los ejércitos del Tercer Reich, viudas de soldados y de oficiales muertos durante la guerra, y una veintena de niños y jóvenes púberes”.42 No es posible, dentro de los alcances de esta investigación modesta, documentar las particularidades del proceso de fuga, arribo y admisión en Chile de criminales nazis que habían logrado huir predominantemente hacia América del Sur. Es evidente que el Tribunal de Nuremberg no logró enjuiciar más que a una pequeñísima porción de genocidas. Ha sido abundantemente documentada la huida de criminales nazis por el puerto de Génova, con ayuda de la Iglesia Católica. Por otra parte, sería ingenuo pensar que el gobierno de Chile ignoraba la identidad de este contingente de ex – nazis a quienes permitió la entrada al país.
Un acontecimiento inusitado fue la ocupación territorial alemana que tuvo lugar durante el año 1961 en el sur de Chile, en las inmediaciones de Parral, a 350 kilómetros de Santiago. Un equipo de nazis, presidido por el enfermero de la ss -con rango de cabo-Paul Schäefer, fundó un enclave llamado Colonia Dignidad. Se constituyó bajo la figura legal de una Sociedad Benefactora y Educacional, en cuyo alero un grupo de inmigrantes alemanes “que obedecían a un hombre taciturno y tuerto, Paul Schäefer Schneider, que había nacido en Siegburg, cerca de Bonn, en 1921, y había sido sargento del ejército de su país en los últimos días de la guerra”.43
Pese a ser un prófugo de la justicia alemana, cuando llegó a Chile Paul Schäfer se presentó ante las autoridades chilenas como un psicólogo que formaba parte de una secta religiosa:44 “Con una Biblia en la mano y una Walther ppk en la cintura”,45 Schäefer consiguió que el gobierno de Alessandri le otorgara personalidad jurídica y una exención de impuestos. La supuesta sociedad benefactora se emplazó en un fundo precordillerano de la viii Región, con el pretexto de “ayudar desde allí a los huérfanos del terremoto de 1960, que había dejado en Chile 5700 m muertos y tres millones personas sin hogar”.46
El fundo comenzó a apartarse progresivamente del ritmo “normal” del país. Sus habitantes fueron confinados en un obscuro sistema autoritario y nulo contacto con el exterior. Los testimonios acopiados revelaron la naturaleza siniestra de las prácticas que allí se desarrollaban: las relaciones conyugales y sentimentales estaban prohibidas, mujeres y hombres permanecían separados y en espacios aislados. Los niños –muchos de ellos chilenos “reclutados” por los subordinados de Schäefer- fueron apartados de sus padres y de sus hermanos, que por ocultamiento de Schäefer ignoraban tener. Existen testimonios de niños lugareños que fueron adoptados por jerarcas alemanes a cambio de educación gratuita y de jóvenes alemanes que escaparon del cautiverio de Schäfer.
A la par, la escuela y el hospital de Colonia Dignidad brindaban beneficios ventajosos a las familias rurales, asegurando, a la larga, contar con su apoyo defensivo. Durante el gobierno de Salvador Allende, bajo el mando del mismo Paul Schäfer, se trazó un plan de defensa militar que establecía funciones y asignación de armas para distintos colonos, quienes debían usarlas ante un eventual ataque contra el recinto.
Colonia Dignidad se trasforma en una fortaleza inexpugnable para la justicia y la policía chilenas. No es sino hasta después de la caída de la dictadura, en 1990, cuando queda abierta y a la vista de todos, la siniestra realidad que ocultaba el enclave-granja nazi del sur de Chile. Realidad “siniestra”, no sólo por los macabros hallazgos ulteriores, sino porque pone en evidencia algo que emerge como “lo no sabido”, al interior de una comunidad donde todo se sabía. Apenas en el año 2005, un juez chileno condenó a 20 años de cárcel a Paul Schaefer, de 84 años, por abusos deshonestos y violación sodomítica a 25 menores cautivos en Colonia Dignidad. Cayeron con él otros jerarcas alemanes y chilenos.47 Por ejemplo, el doctor Gerd Seewald y su esposa Gisela Gruhlke, más conocida como “la doctora tormento”, son objeto de las indagatorias; ella fue particularmente encausada por el delito de lesiones graves a menores en Colonia Dignidad. Según los antecedentes que incluyó el auto de procesamiento, en el enclave se sometió a niños a “tratamientos de salud”, que básicamente consistían en la administración de sicotrópicos y la aplicación de electrochoques.48
La remozada e “higienizada” Villa Baviera –denominación con la que también se conoce la finca de Colonia Dignidad– se convirtió, en los años más aciagos de la dictadura, en el funesto recinto donde se consumaron de las más carniceras torturas e infames desapariciones. Está ampliamente comprobado y documentado que la dina (Dirección de Inteligencia Nacional – convertida posteriormente en la temible cni, o Central Nacional de Informaciones), en concierto con los jefes de Colonia Dignidad, secuestró y mantuvo detenidos al interior del enclave a opositores al régimen.49
Tras la condena a Paul Schäfer, en el año 2005, fueron encontradas más de 500 fichas de detenidos desaparecidos escritas en alemán y castellano en la “bodega de las papas” de Colonia Dignidad.50 Los documentos contienen fotos e información que corresponden a los archivos secretos de Paul Schäfer. Son incontables las causas de derechos humanos que se persiguen en relación al caso. Gerhard Mucke, jerarca de la secta de Parral, refirió al juez las dramáticas horas finales de los prisioneros de la dictadura dentro del fundo. Los desenterraron en 1978, quemaron químicamente sus restos y tiraron las cenizas al río Perquilauquén. He aquí parte del relato:
Con las luces encendidas de la vieja retroexcavadora Fuchs, Erich Fege salió ya oscuro desde el sector habitado del fundo y se alejó 5 kilómetros hasta el sector Chenco, dentro de la Colonia. Tenía la orden de Schäfer de cavar un hoyo ancho y profundo.51Mucke, el guardaespaldas de “Glasaugen”, como le decían a Schäfer por su ojo de vidrio, llamó a Fage por radio: “Ahora tapas el hoyo y no preguntes nada”. Enseguida guió a los oficiales, suboficiales y soldados hacia las casas de Dignidad, donde el “doc” los agasajó con los típicos manjares de la tradición bávara.52
Corría 1978 cuando Schäfer convocó a su fiel “tío Mauk” (sobrenombre de Mucke) y le ordenó: “hay que limpiar el fundo”. Fue durante ese año cuando por orden de Pinochet se inició la llamada en clave “operación retiro de televisores”. En las distintas guarniciones militares se debían ubicar las fosas clandestinas, desenterrar los cuerpos de los detenidos asesinados y lanzarlos al mar, amarrados a un trozo de riel. Tras desenterrar los cuerpos ya putrefactos, “aunque aún con partes blandas”, como recuerda Mauk, metieron a cada uno en un saco bien amarrado y luego dentro de otro que contenía fósforo: todos los cuerpos fueron quemados. 28 años después, encarcelados y respondiendo a la justicia por los crímenes de lesa humanidad, Mucke y Shäfer fueron careados. Estos documentos se encuentran al alcance de todos.
A luz de los acontecimientos narrados, el golpe militar de 1973 se prefigura como la culminación trágica de los negados antecedentes, que fueron inscritos en la gramática constitutiva del proyecto nacional fundante de Chile. Es la “criollización” de estos rasgos los que la crónica consigue retratar con fidelidad prístina y en su multiplicidad de manifestaciones. Hace más de sesenta años Gabriela Mistral cifró la prosa más aguda y colmada de ironía sobre la idiosincrasia criolla santiaguina: “Nosotros no resistimos el éxito en ningún campo. Nos embriaga como un alcohol de madera o de caña, arrebatándonos la lucidez; nos evapora las flacas convicciones que tenemos y acaba por apabullarnos enteramente. El exitismo sudamericano es algo descomunal.”53
Las derivaciones de las tiranías militares merecen un análisis extenso, por su efecto depredador en las colectividades. Tal depredación se expresa, en primer lugar, en la separación radical de la sociedad entre las víctimas del dolor y las víctimas del olvido. En Chile, el enjuiciamiento de los crímenes no ha ocurrido. Y no sólo de las violaciones referidas a derechos humanos: “Hay otra larga lista de crímenes como la traición, traición al estado mismo, fraudes excesivos, crímenes económicos. El bombardeo mismo de La Moneda, es un crimen, un magnicidio. Conducir a un presidente hacia la muerte es un crimen.”54
No se trata de juicios que incumben únicamente a los chilenos. Es planetaria la propagación de prácticas criminales contra la humanidad, compatibles con el supuesto vigor de un derecho público mundial. Los hechos consignados en este escrito se relacionan con el lugar en que nos colocamos de cara a los crímenes que hoy y antes se consumaron, que se siguen perpetrando, siempre vinculados con el terrorismo de estado y la impunidad más inmoral de “ciertos sujetos colectivos, de ciertas máquinas”.55











